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Vivió décadas en silencio: la espía nacida en Uruguay que actuó en Malvinas

La vida de Ruth Morton reúne elementos difíciles de creer incluso para una ficción

 

A los 97 años, la mujer nacida en Uruguay decidió revelar por primera vez un episodio que mantuvo en reserva durante más de cuatro décadas: su rol como espía para el Reino Unido durante la guerra de las Malvinas. En uno de los momentos más extremos de aquella experiencia, asegura que un carpincho le salvó la vida al interponerse entre ella y una bala disparada desde el mar.


Morton nació en Uruguay, en el seno de una familia británica con antecedentes en tareas de inteligencia. Ese entorno marcó su infancia: en su casa, las comunicaciones cifradas eran parte de la rutina diaria. Desde muy joven aprendió a transcribir mensajes palabra por palabra, una habilidad que formaba parte del trabajo que realizaban sus padres bajo la cobertura de los ferrocarriles de capital británico instalados en el país.


Durante la Segunda Guerra Mundial, la familia participó en maniobras de desinformación, como llamadas telefónicas deliberadamente expuestas para inducir a los alemanes a creer en la presencia de una flota británica en el Río de la Plata, en el contexto del episodio del acorazado Graf Spee. Aquellas tareas consolidaron una formación que, décadas después, volvería a ser utilizada.
En 1982, cuando el conflicto por las islas Malvinas se reactivó, Ruth fue contactada a través de su hermana empleada del gobierno británico en Montevideo y reclutada formalmente por los servicios de inteligencia del Reino Unido. Ambas se trasladaron entonces a la Argentina para cumplir la misión asignada.
Su objetivo era observar movimientos de tres submarinos argentinos el ARA Santa Fe, el ARA San Luis y el ARA Santiago del Estero desde un punto costero ubicado en las ruinas de un antiguo edificio conocido como Mar del Plata. La tarea exigía permanecer inmóvil durante horas, desplazándose a ras del suelo para evitar ser detectada.
Cuando detectaba información relevante, debía abandonar el lugar, tomar dos ómnibus y comunicarse desde un teléfono público con un enlace angloargentino. A partir de allí, recibía nuevas instrucciones para transmitir los datos obtenidos.
Las largas jornadas de vigilancia se volvían monótonas y peligrosas. En ese aislamiento, Morton entabló una extraña convivencia con un carpincho que frecuentaba la zona. Aquella presencia inesperada terminó siendo decisiva: una noche de junio, un disparo proveniente del mar impactó en el animal y no en ella. “Ese carpincho me salvó la vida”, recordó.


Tras el final de la guerra, Morton optó por el silencio. Recién ahora, a casi medio siglo de aquellos hechos, decidió contar una historia que permaneció oculta durante gran parte de su vida y que revela un capítulo poco conocido del conflicto del Atlántico Sur.

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